Jugamos a ser felices, a inventarnos universos perfectos con la ayuda de Dios y del Amor. Y aún cuando todos sabemos lo que es un juego y que jugar cansa y termina en algún momento, nos obstinamos en seguir jugando, divirtiéndonos, engañándonos a nosotros mismos. Sin embargo, llegará el día inevitable en que el tedio se vuelva soberano y ordene, con la máxima autoridad de un monarca eterno, que la humanidad despierte y deje de jugar, puesto que el juego sólo está reservado a los niños plenos de inocencia, engañados por la esperanza de una vida futura que no conocerán.
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