Hay imbéciles que piensan que conducen nuestras vidas. Y con eso creen que orquestan la infinita sinfonía del universo. Si Dios, quien los mira desde lo alto, pudiera emitir un juicio, seguro diría que tan nefastos seres buscan adjudicarse atribuciones que no les corresponden. Pues Dios, al igual que ellos, se cree con la autoridad suficiente para controlar nuestras vidas mediante eso que llaman destino. Si yo, que no tengo control ni sobre mí mismo, me sobrevivo triunfante, tendré al igual que ellos el suficiente descaro y la necesaria arrogancia para decir que como he hecho las cosas ha sido la mejor y única manera posible.
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