Siempre amé con rabia los momentos de tu rostro, ese sublime vaivén entre la alegría y la infelicidad, entre la ternura y la ira. Pues tú bien sabes que me deleitaba viajar a tu lado, cabalgando sin tiempo sobre las facciones de tu alma. Mas tú nunca entendiste de lo que te hablaba, de cómo tu cara mutaba y perdía constantemente su punto de equilibrio. Era por eso y no por otra cosa que me encantaba hacerte feliz, hacerte rabiar, esperando a cada instante ser el genuino dueño de los diversos tiempos que de tu rostro aún conservo en mi mente.
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