La amante ideal
João do Rio
João do Rio
Aquellos
caballeros mostraron buen apetito. Todo sucedió después de la cena, en la
residencia de Ernesto Pereira, un hombre sumamente feliz por haber logrado tener,
antes de los cuarenta años, un palacete discreto y más de cien mil historias
que contar.
Y aún con tan buena
fortuna, Ernesto estaba casi encanecido. No bebía más que agua mineral y no
permitía que las mujeres fueran algo más que simples compañeras de ocasión.
Después de un buen negocio cenaba con sus amigas e invitaba a tomar champagne a
todos los demás. Volverse rico cuando lo
que se invierte no es la vida ni la fortuna, tiene por precio, cuando menos, el
mejor bien humano que, aunque efímero, es la juventud. Ernesto, por su parte,
trataba el doloroso y delicado asunto con cinismo cortés. ¿Qué quieren ustedes?
A los veinte años me alejé de las mujeres para conquistar la fortuna; la
fortuna se vengó arrebatándome el amor.
Pero era gentil,
extremadamente gentil, como decían sus amigas. Pagaba las cuentas a una
italiana, proveía de casa a una española, comía con las figuras más
impresionantes de la heráldica de la seducción, y protegía, secretamente, a
algunas costureras y modistas. El desprecio, o mejor dicho, la completa
indiferencia de Ernesto hacia las mujeres, sólo era evidente porque aquel
hombre nunca tenía una historia de faldas que contar. Cuando narraba un
acontecimiento era de otra índole y lo contaba siempre con una sonrisa ingenua
de completa incomprensión. Parecía una marioneta contando chistes.
Sus amigos lo consideraban
feliz. Y lo era. Un hombre feliz es aquél que no conoce el amor.
En ese momento se
agruparon los amigos en la terraza de
aquel palacete con vista al mar para fumar sus cigarros. Eran todos ellos del
tipo de hombre que tiene en la vida dos objetivos en común: dinero y mujeres.
Entre ellos se encontraba Otaviano Rodrigues, quien se arruinó por una princesa
austríaca, y André Figueiredo, con quien la princesa engañaba a Otaviano, pero
quien a su vez tenía otras amantes por las que sentía el amor que no sentía por
la princesa. Estaba Clodomiro Viegas, que afirmaba nunca haber pagado por amor pero
quien sólo se dedicaba a conseguir dinero para ser gentil con las generosas
criaturas. Estaba el comendador Andrade, quien en treinta años de tener amantes
francesas no había logrado aprender a hablar francés. Estaba Teodoro Gomes, el bolsista
que enriquecía a la bailarina rusa de una compañía italiana, acompañado de
Godofredo de Alencar, el único literato con dinero.
Y con ellos conversaba Júlio Bento, atractivo y
excelente muchacho de treinta y cinco años, casado, padre de cinco hijos, pero quien,
a pesar de todo, poseía ya una lista de conquistas bastante extensa.
La charla giraba en torno a la actual amante de Júlio,
mujer alta, con enorme boca roja y dos brazos de tragedia, admirables y
blancos, “las dos velas de seda del trirreme[1]
del amor”, como decía, exageradamente, Godofredo de Alencar. Aquella mujer
abrumaba a Júlio Bento. Le escribía cartas, le enviaba telegramas, le llamaba
por teléfono, le afligía con encuentros imprevistos, con escenas de celos,
ataques, tentativas de suicidio, recriminaciones e interrogatorios minuciosos.
- ¡Un infierno, queridos amigos! Y me atemoriza la idea
de que se entere mi esposa.
- Pues déjala. ¡Así de simple! dijo Ernesto con su ingenuo
y feliz desconocimiento de la complicada desesperación de las uniones amorosas.
- Se dice fácil, pero si la dejo se mata…
- ¿En serio?
- ¿Y para qué dejar a ésta, si son todas iguales?
preguntó Alencar con ironía. Amar es sufrir, pero ser amado es una verdadera
calamidad. No se puede hacer nada más. Las mujeres caen sobre los hombres como
pesados andamios. Un gnóstico decía que es necesario pasar por la mujer como
por el fuego. Nosotros, estúpidamente, nos quedamos con ella hasta arder. No es
para menos que al respecto Elifas Levi haya escrito una frase contundente
-“¿Quieres poseer? ¡No ames! Nosotros, sin inteligencia, en vez de poseer somos
poseídos. La inteligencia es peligrosa en el amor.”
- ¡Qué paradoja!
- Concuerdo contigo. Pero, ¿quién de nosotros no ansía,
no sueña con tener a la amante ideal? ¿Quién de nosotros, por lo tanto,
sufriría si encontrase y amase a la amante ideal?
- La cuestión es saber, después de tres meses, cuál es
la amante ideal…
- ¡La amante ideal! murmuró Júlio Bento.
- Es la esposa, dijo el viejo solterón Andrade.
- La esposa, querido amigo, desde la antigua Grecia, es
la madre de nuestros hijos. Dejémosla en paz… Moisés, según la leyenda, forjó
el anillo del amor. Y tales fueron las complicaciones que luego tuvo que forjar
con toda prisa otro anillo: el del olvido. Ninguno de los dos fue el de la unión
matrimonial…
Julio Bento se quedó pensativo un momento y luego,
repentinamente, exclamó:
- Cuánta razón hay en lo que dices Alencar. Yo ya tuve
a la amante ideal.
Hubo en el grupo un alegre sobresalto.
- ¿Tú? -
¿Cómo era ella? -
¿Y la dejaste ir?
Júlio Bento suspiró sin tristeza.
- Sí. Sólo después de separarnos es que supe que lo
era… Y hasta ahora, francamente, no comprendo, no atino a entender, no me queda
claro… ¡Qué aventura! Imagínense ustedes…
Encendió otro cigarro e, impaciente, continuó:
Hace unos cinco años encontré en el teatro a una encantadora
mujer. Tenía una piel color de jazmín y unos ojos verdes rodeados de
abundantes y largas pestañas, cabello largo de color del ébano, alta, delgada.
Estaba en el palco contiguo al mío, sola, vestida de negro. Me miró dos veces.
La segunda mirada estaba llena de intenciones. Me sentí preso de un deseo de
conocerla, de hablarle. Evidentemente no era una mujer común y corriente. Salió
en medio de un acto y yo me quedé con mi familia, molesto, sin saber por qué.
Cuatro días más tarde la vi mientras caminaba por la calle Ouvidor. Al estar
frente a mí me sonrió. Tenía una hermosa boca. La saludé. Continuó su camino.
La seguí. Se giró una sola vez y luego se metió por la calle Gonçalves Dias.
Seguí detrás de ella. Caminamos por un sinuoso laberinto de calles estrechas y
llenas de negocios. Por fin, en un callejón desierto, entró por una puerta. Al
pasar la encontré en el corredor. Le dije con timidez:
-Disculpe si la
seguí...
-Entre, me dijo con voz tranquila. No podíamos hablar en
la calle con tanta gente. No sería conveniente para ninguno de los dos.
Hizo una pausa, luego murmuró: Usted me ha gustado
mucho.
-Y usted a mí.
Ella sonrió.
-Siempre que las mujeres lo deseamos, los hombres se interesan
en nosotras al menos una vez.
-La tomé. Ella me ofreció su boca con olor a rosas y,
golosamente, me mordió. Después, soltándose, me dijo:
-¡Ahora márchese!
-Pero esto no
puede quedarse así. ¿Dónde la puedo encontrar?
-En mi casa es imposible en este momento…
-¿Cómo se llama?
-Adelina. Hasta otro día.
-¿No hay otro lugar donde nos podamos ver por aquí
cerca?
-Hoy no.
-¿Por qué?
- Nadie tiene más deseo de estar con usted que yo…
Mañana, si gusta. ¿Le parece bien a las dos de la tarde, en un automóvil
enfrente de la terraza del Paseo Público?
Le dije que sí.
Al día siguiente, a la hora convenida, ya nos
encontrábamos en camino hacia la Quinta da Boa Vista. Y he de confesar que esa
mujer poseía un ardor y una pasión alucinantes. Difícilmente salimos del
automóvil y allí permanecimos hasta las seis de la tarde. Al marcharme, Adelina
tan sólo me dijo:
-Vivo en una pensión de la calle Piedade. Puede
escribirme cuando guste.
-¿La puedo visitar?
-Si quiere, pero sólo durante el día.
Mi curiosidad consiguió saber eso que ella no decía,
pero que, a su vez, tampoco ocultaba. Se
llamaba Adelina Roxo. Era divorciada. Vivía mantenida por un viejo director de
banco, quien le prodigaba una vida sin preocupaciones. Su modo de ser era tan
exquisito, tan diferente al de otras mujeres cuando aman, que me abstuve de buscarla
por ocho días. Cuando las mujeres son sinceras, los hombres se comportan como
unos cobardes. La cobardía es la esencia del amor.
Tras darme cuenta de lo inútil de mi tentativa, me abrumó el deseo. Necesitaba de aquella sensualidad, así como conocer mejor a
esa mujer. Por la mañana le escribí una carta sin firma y se la hice entregar.
Me recibió con gusto. Tenía tres salas admirables. Su recamara tenía muebles de
sándalo con incrustaciones de marfil, al igual que altos tapetes de seda turca
con textos del Corán escritos con tinta azul sobre un fondo rosa. Un olor a flores
se percibía en el ambiente. Ella, despojándose de un velo de pesada seda,
apareció por entre unas finísimas cortinas de Brussa[2]
con la pulcra delicadeza de un lirio bajo la sombra. La amé con pasión. Ella
era de las mujeres que, entregándose, aumentan todavía más el deseo en los
mortales. Y si yo la amé, ella pasó por todas las etapas del delirio que van
desde el frenesí hasta el desmayo. Al salir esperé alguna frase, una petición,
una súplica. Nada. No me retuvo. Me besó tiernamente sin decir palabra.
Era diferente, completamente diferente a las otras. Y en
verdad que yo le gustaba, pues me tomaba con un ardor que yo nunca había
encontrado en otra mujer. Pero todas las mujeres quieren saber cosas, nos
cuestionan sobre los lugares a donde vamos, preguntan si las amamos, si será
para siempre, y nos retienen a su lado más tiempo del que podemos estar. Ella
no hizo un solo gesto ni dijo ninguna de las frases banales que estamos
acostumbrados a oír.
Por supuesto que la volví a ver. Platicamos. Ella, sin
pedantismo, sabía mucho más que yo. Había viajado por toda Europa, hablaba
varios idiomas, conocía la literatura de diversos países, la que leía en libros
encuadernados con piel de antílope y broches de oro labrado. Sin embargo, a
pesar de su risa llena de infinita alegría, de su envolvente voz clara, de su
mirar de brasa verde y su cuerpo de jazmín, jamás se interesó en preguntar
sobre mi vida. Y tampoco me dijo una palabra acerca de la suya, y mucho menos
me pidió alguna vez alguna cosa. Bien saben ustedes como a las mujeres les
encanta contar su propia vida a los amantes. Es toda una práctica de mentira y
de tortura. Bien saben ustedes como al cabo de una semana no se puede dar un
paseo sin que nuestra enamorada nos pregunte los detalles más mínimos de
nuestro día. Naturalmente, ella se abstenía de cosas semejantes. Y tal vez por
ese motivo, al mismo tiempo que mi deseo por ella aumentaba, así también mi desconfianza.
Ni mi nombre me preguntaba -nombre que, además, ya debía saber. Me llamaba su “pequeño”,
su “gurú”. Un día le dije:
-¿No sabes mi nombre?
-No.
-Pero lo pongo en las cartas…
-¡Ah! Sí, las cartas... Pero no quiero tu nombre, te
quiero a ti. ¿Qué me importa que te llames João, Antonio o Julio?
-Y entonces el nombre de “guru”…
Soltó una enorme carcajada.
-¡Ah! Esa palabra es de un gran poema de amor, el Ramayana. Es una palabra de cariño, de
afecto que no tiene traducción. Se me hizo simpática. Sólo a ti te llamo así en
este mundo, porque sólo en este mundo es a ti a quien amo, mi pequeño…
-En fin, un hombre casado transformando en “gurú”… dije tratando de despertar su curiosidad para que me preguntara
sobre mi vida. Fue en vano.
En virtud de tanta
libertad, ya que soy humano entre los lamentables humanos, aproveché para serle
infiel. ¿Serle infiel? ¿Acaso se le puede ser infiel a una mujer que no nos
pide cuentas de nada? Tuve varias aventuras amorosas que terminaron siendo
enormes fracasos y que me costaron más dinero que dolores de cabeza. Todas esas
mujeres me amaban como locas y yo las dejé sin que ello les afectase realmente.
Algunos negocios me obligaron a ausentarme de la ciudad.
-¡Es una aventura pasajera! Me decía para convencerme.
Y a mi regreso la iba a buscar, entre deseoso de aquel amor a prueba de toda duda y un vago malestar e inquietud. ¿Estaría o no interesada en mí? Lo estaba, era evidente que lo estaba. Pero no era normal esa falta de interés en la vida ordinaria. Tal vez sólo alimentaba su indiferencia para no contar los misterios de su existencia. ¡Mas respondía siempre con franqueza a todo lo que le preguntaba! Tal vez tendría otro amante. Pregunté, investigué. No. Además del viejo banquero, sólo a mí.
Nuestros encuentros eran cada vez más esporádicos. Había semanas en las que estábamos juntos todos los días. Después pasábamos semanas sin vernos. Era natural que esa mujer, ante una ausencia prolongada, tratara al menos de llamarme, escribirme, mandarme un telegrama. Pues nada. Y me recibía con la misma ternura, con el mismo sincero amor, sin una pregunta. A veces decidía no buscarla más. Pero la encontraba en la calle. Y era tan fuerte el deseo que irradiaba que postergaba todos mis negocios urgentes con tal de seguirla. Ella se quedaba trémula, con las manos frías. Tomábamos el primer automóvil que podíamos para dar rienda suelta a nuestro frenesí.
Ante su absoluta discreción, me vi forzado a ser discreto. Nunca intercambiamos una palabra acerca del viejo director de banco. Y la necesidad de contar mi vida desapareció con la timidez que producía su aire de no querer saber. Una vez le elogié sus ojos. Eran suaves y ardientes.
- Herencia, mi pequeño.
- ¿Cómo?
- Soy descendiente de armenios. Mi abuela se tenía que cubrir los ojos. De este modo conservaron más luz y más dulzura. Son ojos de serrallo...
- Curioso. ¿Por qué no me cuentas tu vida?
- Porque no vale la pena.
- Pero tampoco preguntas por la mía?
- Para no aborrecerte. Yo soy tu esclava. Te dí mi deseo y mi corazón. No tengo el derecho de preguntar. Así estamos tan bien...
Hablaba con tanta suavidad. Sus manos de jazmín se posaban tan dulcemente sobre mis ojos, que sentí una infinita pena de mí mismo, y me callé. Sí, de hecho, ¿para qué hablar, para qué mentir cuando no le mentíamos a nuestro deseo? Vivimos así largo tiempo. Si no iba a su casa y la veía en la calle era inevitable no sucumbir a la voluptuosidad. En ocasiones el deseo era tan fuerte e inmediato, que ella entraba en cualquier puerta y allí mismo nuestras bocas se juntaban voraces, antes de dirigirnos a la lujuria ardiente de sus aposentos.
Me poseía y se entregaba como jamás pensé que fuera posible.
Y pudimos haber mantenido por años esa misma llama, esa misma maravillosa llama, aún sin ninguna intimidad, sin detalles de la vida común, sin interrogarme, sin llegar a ese momento habitual en que dos amantes se asemejan a dos seres comunes y corrientes. La habría considerado exasperante si mi deseo no hubiese seguido vivo.
Por último, hace tres meses tuve que ir a Bahía. Tardaría en regresar, por lo menos, treinta días. Pude habérselo dicho, pero mi orgullo me lo impidió. Pasé una tarde con ella, y cuando consulté el reloj aún tuve la esperanza de que me hiciera una pregunta, lo que no sucedió. Partí. No le escribí aunque pensase en ella. Era como una forma de venganza. Al volver, no resistí y fui a verla. Me recibió la dueña de la pensión, una francesa ya entrada en años.
- Tuvo razón la señora al decir que usted regresaría...
- ¿Dónde está?
- Ocho días después de su partida, cayó gravemente enferma. Así estuvo por tres días. Al final los médicos consideraron necesaria una operación. Era apendicitis. Salió de aquí para ser operada en el Hospital Inglés. Mas antes de salir me llamó. Recuerdo bien sus palabras, ¡la pauvre!
- Madame Angéle, voy a morir, siento que voy a morir. Cuando regrese mi pequeño, dígale que no esté triste porque moriré pensando en él como el más preciado bien que pude tener.
- ¿Y luego?
-¡Pauvre petite! Murió en la mesa de operaciones...
- ¿Dónde la sepultaron?
- No sé. No fui al sepelio. Tal vez si le pregunta al Señor Herbrath...
Me fui, casi corriendo para no mostrarle a la anciana mis lagrimas. Todo ese amor, el único y más largo amor de mi vida, se mostraba ante los ojos de mi deseo como un sueño. Había sido una ilusión, una inmensa ilusión. Y desapareció de un modo tan repentino que ni siquiera tuve tiempo de afligirme ni de comprender el fin, pensando en la última tarde que fue como la primera, siempre la primera, siempre nueva, siempre la que deja para después la tristeza.
En la calle, yo era como el hombre que, habiendo tenido un encuentro amoroso en que amó con furia, con la ansia de los veinte años, procura encontrar de nuevo aquella a quien no tuvo tiempo de conocer bien.
El criado de Ernesto entró en ese momento con el café y largos vasos de cristal, en los que sirvió un poco de aguardiente Fine de 1840. Julio tomó su vaso y bebió el contenido. Si hubiera sido ésta una época en que los sentimientos tuvieran alguna importancia, su historia podría haber conmovido a los presentes. Lamentablemente no lo era. Fue Otaviano el que dijo con indiferencia:
- ¡Qué curioso!
- Nunca me pidió nada, nunca le dí nada, nunca me preguntó nada, continuó Julio Bento, con la voz apagada. El sentimiento que conservo por ella es el mismo: un loco deseo y una cierta humillación...
- Porque tú perteneces a la vida ordinaria y ella era el amor, respondió Alencar. El amor es el único deseo que está muy por encima de la propia vida. Tal vez nunca hubiese dicho una frase así sin haberla sentido tan profundamente. Ninguno de nosotros, que hemos nacido y vivido de la mentira y la tortura de la mujer, comprendería a esa amante que existió de la misma manera en que existen todas las cosas irreales. Pero si tanto a hombres como a mujeres nos fuese dado comprender, todos nosotros envidiaríamos una suerte como la tuya, al igual que ese placer superior de tan suave perfección. Para mantener el deseo es necesario no mentir, no pedir, no saber. Ella fue la amante ideal, la única sincera.
En ese momento el criado regresó para avisar a Bento que una mujer lo esperaba, llorando, en un automóvil.
-¡Es Hortensia! Gritó Bento. ¡Ni aquí me deja en paz! Por Dios, no le cuenten esta aventura. Sentiría celos hasta de una muerta. ¡Es insoportable!
Y como todos los hombres de este mundo se dirigió ansiosamente hacia su amante, igual a las otras.
Nuestros encuentros eran cada vez más esporádicos. Había semanas en las que estábamos juntos todos los días. Después pasábamos semanas sin vernos. Era natural que esa mujer, ante una ausencia prolongada, tratara al menos de llamarme, escribirme, mandarme un telegrama. Pues nada. Y me recibía con la misma ternura, con el mismo sincero amor, sin una pregunta. A veces decidía no buscarla más. Pero la encontraba en la calle. Y era tan fuerte el deseo que irradiaba que postergaba todos mis negocios urgentes con tal de seguirla. Ella se quedaba trémula, con las manos frías. Tomábamos el primer automóvil que podíamos para dar rienda suelta a nuestro frenesí.
Ante su absoluta discreción, me vi forzado a ser discreto. Nunca intercambiamos una palabra acerca del viejo director de banco. Y la necesidad de contar mi vida desapareció con la timidez que producía su aire de no querer saber. Una vez le elogié sus ojos. Eran suaves y ardientes.
- Herencia, mi pequeño.
- ¿Cómo?
- Soy descendiente de armenios. Mi abuela se tenía que cubrir los ojos. De este modo conservaron más luz y más dulzura. Son ojos de serrallo...
- Curioso. ¿Por qué no me cuentas tu vida?
- Porque no vale la pena.
- Pero tampoco preguntas por la mía?
- Para no aborrecerte. Yo soy tu esclava. Te dí mi deseo y mi corazón. No tengo el derecho de preguntar. Así estamos tan bien...
Hablaba con tanta suavidad. Sus manos de jazmín se posaban tan dulcemente sobre mis ojos, que sentí una infinita pena de mí mismo, y me callé. Sí, de hecho, ¿para qué hablar, para qué mentir cuando no le mentíamos a nuestro deseo? Vivimos así largo tiempo. Si no iba a su casa y la veía en la calle era inevitable no sucumbir a la voluptuosidad. En ocasiones el deseo era tan fuerte e inmediato, que ella entraba en cualquier puerta y allí mismo nuestras bocas se juntaban voraces, antes de dirigirnos a la lujuria ardiente de sus aposentos.
Me poseía y se entregaba como jamás pensé que fuera posible.
Y pudimos haber mantenido por años esa misma llama, esa misma maravillosa llama, aún sin ninguna intimidad, sin detalles de la vida común, sin interrogarme, sin llegar a ese momento habitual en que dos amantes se asemejan a dos seres comunes y corrientes. La habría considerado exasperante si mi deseo no hubiese seguido vivo.
Por último, hace tres meses tuve que ir a Bahía. Tardaría en regresar, por lo menos, treinta días. Pude habérselo dicho, pero mi orgullo me lo impidió. Pasé una tarde con ella, y cuando consulté el reloj aún tuve la esperanza de que me hiciera una pregunta, lo que no sucedió. Partí. No le escribí aunque pensase en ella. Era como una forma de venganza. Al volver, no resistí y fui a verla. Me recibió la dueña de la pensión, una francesa ya entrada en años.
- Tuvo razón la señora al decir que usted regresaría...
- ¿Dónde está?
- Ocho días después de su partida, cayó gravemente enferma. Así estuvo por tres días. Al final los médicos consideraron necesaria una operación. Era apendicitis. Salió de aquí para ser operada en el Hospital Inglés. Mas antes de salir me llamó. Recuerdo bien sus palabras, ¡la pauvre!
- Madame Angéle, voy a morir, siento que voy a morir. Cuando regrese mi pequeño, dígale que no esté triste porque moriré pensando en él como el más preciado bien que pude tener.
- ¿Y luego?
-¡Pauvre petite! Murió en la mesa de operaciones...
- ¿Dónde la sepultaron?
- No sé. No fui al sepelio. Tal vez si le pregunta al Señor Herbrath...
Me fui, casi corriendo para no mostrarle a la anciana mis lagrimas. Todo ese amor, el único y más largo amor de mi vida, se mostraba ante los ojos de mi deseo como un sueño. Había sido una ilusión, una inmensa ilusión. Y desapareció de un modo tan repentino que ni siquiera tuve tiempo de afligirme ni de comprender el fin, pensando en la última tarde que fue como la primera, siempre la primera, siempre nueva, siempre la que deja para después la tristeza.
En la calle, yo era como el hombre que, habiendo tenido un encuentro amoroso en que amó con furia, con la ansia de los veinte años, procura encontrar de nuevo aquella a quien no tuvo tiempo de conocer bien.
El criado de Ernesto entró en ese momento con el café y largos vasos de cristal, en los que sirvió un poco de aguardiente Fine de 1840. Julio tomó su vaso y bebió el contenido. Si hubiera sido ésta una época en que los sentimientos tuvieran alguna importancia, su historia podría haber conmovido a los presentes. Lamentablemente no lo era. Fue Otaviano el que dijo con indiferencia:
- ¡Qué curioso!
- Nunca me pidió nada, nunca le dí nada, nunca me preguntó nada, continuó Julio Bento, con la voz apagada. El sentimiento que conservo por ella es el mismo: un loco deseo y una cierta humillación...
- Porque tú perteneces a la vida ordinaria y ella era el amor, respondió Alencar. El amor es el único deseo que está muy por encima de la propia vida. Tal vez nunca hubiese dicho una frase así sin haberla sentido tan profundamente. Ninguno de nosotros, que hemos nacido y vivido de la mentira y la tortura de la mujer, comprendería a esa amante que existió de la misma manera en que existen todas las cosas irreales. Pero si tanto a hombres como a mujeres nos fuese dado comprender, todos nosotros envidiaríamos una suerte como la tuya, al igual que ese placer superior de tan suave perfección. Para mantener el deseo es necesario no mentir, no pedir, no saber. Ella fue la amante ideal, la única sincera.
En ese momento el criado regresó para avisar a Bento que una mujer lo esperaba, llorando, en un automóvil.
-¡Es Hortensia! Gritó Bento. ¡Ni aquí me deja en paz! Por Dios, no le cuenten esta aventura. Sentiría celos hasta de una muerta. ¡Es insoportable!
Y como todos los hombres de este mundo se dirigió ansiosamente hacia su amante, igual a las otras.
Excelente trabajo, João en aquel tiempo tuvo la gracia de obsequiar tan excelsas líneas en donde muestra no solo la historia de Júlio Bento, sino que nos pone a pensar en lo sencillo y complicado que puede ser el significado que le damos a la palabra amor y a la dicha o pesar que puede conllevar alguna relación, también es para pensar en el sentimiento que le quedo a Bento al final, tristeza por lo que perdió, o alegría por lo que vivió, muchas reflecciones surgen. felicidades.
ResponderEliminarGracias Daniel. Qué bueno que la lectura de esta obra haya despertado en ti la reflexión. Agradezco tus palabras. Es un gusto saber que nuestras horas han sido apreciadas por ti.
EliminarMe llama mucho la atención el papel preponderante de la cobardía siempre ligada al tema de las relaciones humanas: "La cobardía es la esencia del amor", no obstante, Silvio Rodriguez nos canta que "la cobardía es asunto de hombres y no de amantes". De cualquier forma creo hay algo de cierto en este cuento, el significado del amante ideal recae en la idealización de la persona fuera de la cotidianidad, un individuo "en blanco", misterioso y sin historia se presta a que uno le atribuya todos los dones y virtudes que nos gustaría encontrar en una persona, y al mismo tiempo, hace que encuentre la "perfección", una perfección que a fin de cuentas es creación propia del sujeto y existe solo en su abstracción del mundo. Excelente traducción Martín, saludos.
ResponderEliminarCoincido contigo en lo último que planteas. No fue para menos que al terminar la traducción del cuento me vi asaltado por un pensamiento semejante al tuyo: muchas veces somos nosotros lo que nos formamos una idea de los otros cuando no los conocemos, una idea que liberamos de vicios y defectos, y entonces, cuando creemos que nos hemos enamorado de una persona, descubrimos al final que en realidad nos enamoramos de la idea que nos construimos de esa persona. No pocas veces me ha sucedido eso. Al final de cuentas no soy más que un idealista que persigue las quimeras que surgen de su propia mente. Agradezco tus comentarios, me agrada ver que Do Rio, a pesar de los muchos años que han pasado desde su muerte, sigue vigente y motiva la reflexión y la discusión. Eso me alienta a seguir con mi labor de traductor para acercar su obra a los lectores de habla hispana.
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