Derivar en nada, en no más que este dolor que pulula, que intoxica la vida, que brota de la oscuridad. Ser sujeto del tiempo, habitante del olvido. Estar a costa del espacio que existe, a pesar del rencor de quien aún nos recuerda. Y después volver a caminar las calles de antaño, arañar las vertebras de la esperanza malsana que jamás complace. ¿Estaremos algún día determinados a querer volver, a desear coexistir con la nada? Vacuo infinito el que nos espera, áspera realidad la que nos acoge. Y aún así no dejamos el mundo, no saltamos fuera de nosotros mismos ni de los otros. Espacio y tiempo invertebrado el que se arrastra sobre nuestras cabezas, como si fuéramos la tierra sobre la que se sucumbe tras una y mil derrotas, después de haber acariciado la gloria que nunca fue nuestra.
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